Leyenda de la Piedra de Salomón

Publicado el 29/12/2021 

Cuentan que cuando el Rey Salomón pidió sabiduría, Dios se la concedió. Pero la noche siguiente tuvo un sueño. Paseaba el rey en Jerusalén por los alrededores del Templo, aún en construcción, y sobre un sillar de piedra que había en el suelo junto a un muro, vio un ángel rodeado de fuego. Era el Ángel de la Sabiduría. El ángel le saludó. Entonces Salomón, aterrado, cayó al suelo y dijo, “¿Qué quiere el Señor de mí?”. Cuando el ángel empezó a hablar, sus palabras se transformaban en hermosas flores al salir de su boca, que en el sueño representaban la belleza de sus sabias palabras. El ángel le dijo que ahora era tan sabio como ningún rey fue ni será, pero que esa sabiduría le había venido de Dios, y si algún día lo olvidaba y se envanecía pensando que era suya, entonces Dios se la quitaría otra vez.

 

 

Despertó el rey y se puso a pensar cómo hacer para que eso no sucediera. Y como era sabio, tuvo una sabia idea. En mitad de la noche se levantó y fue al sitio en donde el ángel se le había aparecido en sueños, y allí mismo vio el sillar de piedra sobre el que el ángel había puesto sus pies. Levantó a sus sirvientes y les ordenó llevar esa piedra a su palacio. Mandó buscar a un escultor y le pidió tallar en la piedra la cara del ángel tal como le había visto en el sueño, con flores saliendo de su boca, que son las palabras sabias inspiradas por Dios. Cuando el escultor terminó de esculpir la cara, el rey mandó ponerla junto a la puerta del templo.

Tenía la costumbre el rey cada día de pasar por el templo todas las mañanas a rezar, y luego volver a palacio a impartir justicia. Por eso puso allí la piedra, porque cada mañana, al verla, recordaba las palabras del ángel, talladas en forma de flores, de que la sabiduría que ahora tenía le había venido de Dios, y así cada día lo recordaba y en sus juicios era justo, y nunca tuvo Dios que quitarle ese gran don.

Todos los reyes que hubo en Jerusalén después de Salomón conocieron la historia, y los más santos imitaban a Salomón y cada mañana miraban la piedra y recordaban que la auténtica sabiduría sólo viene de lo Alto, y Dios les bendecía con un recto juicio y un buen gobierno. Pero los malvados se reían de la piedra y la ignoraban, y su propia increencia era la condena de su mal gobierno.

Con el tiempo el rumor se corrió por toda la zona, y aun por las naciones vecinas, aunque distorsionado, pues esos pueblos paganos, creyentes en la magia y los poderes de todo tipo de espíritus, decían que era esa piedra la fuente de la sabiduría de Salomón, y que si la mirabas con detenimiento el espíritu encerrado en la piedra te transmitiría su sabiduría.

Cuando los babilonios enviaron sus grandes ejércitos a conquistar Jerusalén y llevarse todos los tesoros del Templo, el rey de Babilonia les ordenó expresamente robar la piedra de la sabiduría y llevarla a su palacio, porque él también quería ser sabio. Pero nadie puede hacerse sabio robando, así que Dios inspiró a los sacerdotes del templo para que el codicioso rey babilonio no se hiciera ni con el Arca de la Alianza, ni con la Piedra de Salomón.

Antes de que llegaran los ejércitos enemigos, mientras toda la ciudad dormía, los sacerdotes sacaron en secreto el Arca para esconderla en un remoto lugar desconocido. También mandaron retirar la Piedra de Salomón y llevarla lo más lejos posible, hacia el oeste, al confín del mundo, para que los ejércitos que venían del este jamás pudieran encontrarla, pues temían que si la piedra caía en el poder de la ya muy poderosa y cruel Babilonia, nunca jamás podría ser derrotada y serían esclavos suyos por siempre.

Tres santos sacerdotes del Templo juraron dar su vida antes de permitir que esa piedra cayera en manos del enemigo. La sacaron del país y, embarcándose en las naves que regresaban a Tarsis, que venían del fin del mundo, allá donde el Gran Mar se acababa y los griegos dicen que Hércules plantó sus columnas, surcaron el Mediterráneo hasta llegar a lo que hoy llamamos España. Había en la próspera ciudad de Cádiz una pequeña comunidad de comerciantes hebreos, y pensaron que con ellos, tan lejos de Jerusalén y de Babilonia, estaría a salvo y bien custodiada hasta que llegasen tiempos mejores y pudiesen recuperarla.

Así que en Cádiz desembarcaron y buscaron entre los suyos dónde ocultarla. Pero había allí, les contaron, un rey malvado que mataba niños para ofrecérselos a los dioses paganos. También había, les dijeron, una pequeña colonia de babilonios que en esos tiempos turbulentos sin duda incluirían espías del rey Nabucodonosor. Entonces, tras mucho deliberar, y temiendo que la Piedra de Salomón cayera al fin en manos babilónicas o provocase en Tarsis la misma maldad que intentaban evitar en su país, decidieron viajar tierra adentro hasta donde sus fuerzas se lo permitieran para encontrar un lugar lejano y seguro muy lejos de aquel rey, y aun de otros igual de crueles que había por las tierras vecinas. Allí enterrarían la piedra hasta que Dios quisiera sacarla a la luz otra vez.

Se enteraron de que al día siguiente partía de la ciudad una caravana de comerciantes que se dirigían al norte, hasta las tierras donde el oro y la plata son cosa tan ordinaria que en poco aprecio lo tienen, y sus gentes tan bárbaras que no dudan en entregar puñados de oro a cambio de adornos y figuritas de gran belleza pero escaso valor. Pareciera que el mismo Yahvé había creado la ocasión perfecta para poder llevarse la piedra muy lejos de allí. Y en verdad, había dispuesto el cielo que un ángel del Señor guiara sus pasos y les protegiera de todo peligro para que su empresa tuviera éxito.

Así es como cruzaron montañas y ríos hasta llegar a un hermoso lugar junto a un arroyo rodeado de encinas. Agotados como estaban, bebieron de una fuente cercana y haciendo una hoguera para protegerse de las alimañas se sentaron a descansar para recuperar fuerzas. El ángel, que siempre iba invisible delante de ellos guiando sus pasos, había bendecido las aguas de esa fuente, así que pronto les invadió a los tres un sopor sobrenatural y quedaron profundamente dormidos. Y el ángel no era otro que el Ángel de la Sabiduría que había hablado con el mismo Salomón, y cuya efigie, si bien burda y simple, decoraba la piedra que los sacerdotes protegían con sus vidas.

En sueños el ángel se les apareció en medio del fuego de la hoguera —¿o era su propio fuego?— y les dijo: “Aquí es donde debéis enterrar la piedra, bajo esta misma hoguera, y ahí ha de permanecer hasta que llegue su tiempo”, y al hablar, flores salían de su boca, por eso supieron que era él. Así que al despertarse apagaron la lumbre y excavaron allí mismo, y enterraron la piedra para que nadie pudiera encontrarla hasta que llegara su tiempo.

Mucho, mucho tiempo después, llegó el cristianismo a estas tierras y vio Dios que ya estaban los tiempos maduros, pues esta gente sí podía entender el mensaje y el poder de la piedra, así que decidió bendecir a aquel remoto lugar con un milagro. Envió a la Virgen a que se apareciera en ese lugar y le diera un mensaje a un pastorcillo que por allí solía llevar a pastar sus ovejas para que se construyese allí mismo una iglesia. La noticia de la aparición recorrió toda la zona y la gente empezó a peregrinar al matorral en donde la Virgen había puesto sus pies. Pronto se levantó allí en el campo, en ese mismo lugar una pequeña iglesia. Al cavar para hacer los cimientos de la construcción apareció la Piedra de Salomón, pero nadie sabía qué cosa era. Como era bonita y a alguien le pareció la cabeza de un ángel, la pusieron decorando una pared de la sacristía, y allí estuvo durante siglos, en la iglesia de Santa María, junto al arroyo.

Una noche el cura de la iglesia se quedó rezando dentro frente al altar, y cuando llevaba un tiempo en profunda oración tuvo una visión. La cabeza del ángel de piedra comenzó a hablar, y flores salían de su boca según hablaba. Y el ángel le contó al cura todo sobre el origen y el poder de esa piedra donde él estaba representado, y que Dios les había concedido la gracia de que quien rezara ante esa piedra pidiendo a Dios sabiduría, Dios se la concedería. Le dijo que la piedra sería un gran don para los sacerdotes de Santa María y les ayudaría a dirigir con acierto a todos los pueblos a los que servía esta iglesia. Pero que la mantuvieran en secreto porque había muchos malvados que querrían robarla si supieran lo que era. Le anunció también que algún día un buen rey vendría a orar ante ella, e hinchado de sabiduría lograría una gran paz y prosperidad para esta comarca y para su reinado.

Y así fue como todas las mañanas el cura entraba a la iglesia muy temprano y después de rezar se acercaba a la piedra y le pedía a Dios sabiduría, y mirando la cara del ángel de las flores recordaba lo que tanto le había insistido: que la auténtica sabiduría sólo nos puede venir de Dios. Dios bendijo a este cura haciendo de él un hombre justo y sabio que dirigió con rectitud los pueblos de la zona. Y cuando estaba ya cerca de su muerte mandó llamar a su sucesor y le transmitió el secreto de la Piedra de Salomón.

Y así fue pasando el secreto de generación en generación hasta que un pueblecito que había cerca de allí, La Peraleda, prosperó y decidió construir una gran iglesia dentro del pueblo para que la gente no tuviera que caminar tanto hasta la de Santa María. Ordenaron al cura que abandonase esta iglesia y se trasladase a la nueva de La Peraleda.  Pero antes de partir estuvo mucho tiempo rezando ante la piedra para pedir a Dios sabiduría y saber qué hacer en su nuevo destino. Tras varias horas rezando, comenzó a oler a lirios y sintió una tenue música que inundó la iglesia. Entonces oyó una voz que venía de la piedra y vio al ángel que hablaba, y de su boca salían las flores de sabiduría, y estas fueron sus palabras: “La cosecha está madura, toma los frutos y reparte”. Las enigmáticas palabras fueron comprendidas por el cura al instante y supo qué hacer.

Todavía estaba la iglesia de La Peraleda en obras cuando el cura de Santa María llegó para tomar posesión de su nuevo templo. Mandó que trasladaran la Piedra de Salomón con él. Pero no la puso dentro de la sacristía para que ayudara a los sacerdotes, pues lo que el ángel le había dicho significaba que la piedra ahora debía poder inspirar a todo el mundo. Por eso reunió a la gente en la plaza y les contó la historia de la piedra, de Salomón, del ángel de la Sabiduría, de los lirios que salían de su boca, del viaje hasta enterrarla aquí y de cómo había sido descubierta de nuevo. Les contó que si miraban fijamente la piedra pidiendo sabiduría a Dios, éste se la aumentaría, pero que tenían siempre que recordar que la auténtica sabiduría viene de lo Alto, pues de lo contrario la sabiduría se corrompe. Y para que el mensaje quedase aún más claro decidió que pusieran la piedra muy alta, para que al rezar mirándola la gente tuviese que alzar la vista al cielo y recordar de dónde les vendría ese don. Pero tampoco tan alta como para que no pudiera ser bien vista.

Y así decidieron todos colocarla en la pared fuera de la iglesia, bien alta, pero no en exceso. Y ahí sigue hasta el día de hoy, esperando a bendecir al rey bueno. Dicen que si te quedas mirándola unos minutos y pides a Dios sabiduría, no hay nadie que quede sin al menos ver la suya aumentada. La iglesia de Santa María todavía puede verse, en ruinas, no muy lejos del pueblo, junto al arroyo y la fuente milagrosa, que todavía mantiene sus poderes y sigue bendiciendo y sanando a quienes se bañan en ella. Y dicen que tres tumbas de piedra que se encontraron muy cerca de allí son las tumbas de los tres santos que trajeron la piedra desde el Templo de Jerusalén.

17 de diciembre de 2020

Si vas a la plaza de Peraleda, busca hacia lo alto de la iglesia el ángel que echa flores. Cuando al fin lo encuentres, no olvides rezar un padrenuestro pidiendo un pedacito de aquella misma sabiduría que hace mucho tiempo concedió al rey Salomón.

 

 

 

Escrito por Angel Castaño

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